De las notas encontradas en los restos congelados de
un Sacerdote del Templo de Sigmar conocido simplemente con el nombre de “Alex”.
Si es la voluntad de Sigmar el que muera cumpliendo su
labor, y encuentras mi cuerpo, solo pido que lleven este documento al Templo de
Sigmar en Alberheim en Talabecland.
Quamvis
venatione ceperunt me in vita, in morte cecidit vos.
“Aunque me perseguiste en vida, en la muerte te vencí”
Otra vez tuve ese sueño.
No importa cuanto tiempo pase, ni todas las oraciones que eleve a Nuestro
Sagrado Sigmar, nunca dejan de aparecer.
Veo su rostro. Ella esta ahí, con su suave piel y hermosa sonrisa.
Nos miramos, ella con picardía y
miedo, yo, con irrefrenable deseo. Ella se quita el sujetador, mientras yo suplico
a Sigmar por su perdón y entendimiento. El comprenderá,
el también fue hombre.
Es ahí cuando veo sus manos, negras como las alas de un ángel
maligno. El la toma sin tocarla, alzándola por los aires mientras le arranca la ropa. Ella
llora y suplica que le salve.
Cargo contra el, solo para que desaparezca ante mis
ojos. La oscuridad llena el cuarto y en
un abrir y cerrar de ojos, veo sangre en el suelo. Su sangre.
Su cara desfigurada de dolor, me mira y me suplica que
la mate, mientras el rié lleno de malicia, con todo el poder que su Oscuro Señor
le brinda. Luego caigo de rodillas, y
siento como algo me quema la espalda. Es
ahí cuando despierto, gritando.
En contra de todo pronostico, mi vida no debería
ser. Desde que comenzó
solo he conocido desgracias, primero mis padres, luego mis años
en el internado con los demás huérfanos, ahora ella.
No sé si Sigmar me odia o me ama, pero por algún
motivo debo ser importante para el, o no hubiera sobrevivido esa fatídica
tarde, cuando fuimos a buscar a aquel hereje oculto en el pueblo.
En ese entonces, no estaba seguro de quien era o cual
era mi propósito, pero tenía una familia en mis hermanos y mi maestro. Sigmar
estaba allí, hablándome, aunque no siempre entendía
lo que me decía. Nunca fui el mas devoto de mis compañero,
adoraba a nuestro dios con suplicas y oración,
pero mi corazón estaba cerrado. Añoraba
sentirme libre, y poder ser dueño de mi destino, llegar a conocer el mundo y vivir
entre diferentes personas, quien sabe, algún día llegar a ser un sacerdote guerrero y pelear por
Sigmar y por su Imperio.
Eso fue claro, antes de conocerla a ella.
Durante todos los años
dentro del templo, no tuve tiempo ni libertad para conocer a ninguna mujer,
pero a los 18 años, justo un mes antes de consagrar mis votos a Sigmar
y ser parte oficial de la orden, la vi.
La recuerdo: tenía 16 años y era rubia, hermosos ojos azules. Su nombre era Helena
y por algún motivo, cuando la vi en el templo junto con sus
padres, fue amor a primera vista.
Todos los días desde esa primera visita, nos encontramos fuera, en
las calles del viejo poblado de Alberheim. Nos reíamos
cerca del río, comíamos juntos en el viejo molino y nos besábamos
apasionadamente en el granero. Fueron
los mejores años de mi vida.
Las semanas pasaron y cada día
estaba más cerca de mi iniciación
formal dentro del templo. Luego de haber consumado nuestro amor, solo tenía
dos caminos a seguir: o casarme con
ella, o ofrecer mi vida al templo y purgar mi pecado por medio de una vida de devoción.
He ahí mi más grande dolor y culpa; la escogí a ella.
Yo sabía que nadie comprendería,
que todos me acusarían n de hereje y apostata. Mi única
familia me daría la espalda, y tendríamos
que huir, pero yo estaba listo para hacerlo, tal era mi amor por ella.
Fueron los 4 últimos días antes
de aquella susodicha ceremonia cuando el destino me sonrió
por primera vez: un cazador de brujas había llegado a nuestro pueblo. En cualquier otro momento
o situación hubiera quedado presa del miedo, pues aun los acólitos
de Sigmar no estamos exentos del juicio de sus templarios, pero esta ocasión era
diferente.
El motivo de su visita era la búsqueda
de un notorio criminal y hereje que, de acuerdo a su testimonio, había sido
el causante de la Masacre de Haffenburg, una comunidad rural a dos días de
Alberheim. Según su relato, el hizo que los inocentes granjeros mataran
a sus hijos en honor al dios oscuro Tzeentch.
Tal era el peligro de este hereje, que el cazador de
brujas había decidido movilizar todos los recursos de nuestro
templo, inclusive a los iniciados, para que le diéramos
caza y muerte, lo que postergaba cualquier liturgia o ceremonia hasta por lo
menos el siguiente año!
No podía dejar de agradecer mi suerte, tal vez Sigmar mismo había intervenido
y aprobado mi casamiento con Helena, dándome tiempo para dejar mi vida como acólito y
comenzar una nueva.
Ahh, si la vida fuera tan fácil!
En ocasiones el destino juega crueles bromas, elevando a algunos a los cielos
mientras desploma a otros hacia las zarzas de la condenación.

Woooooow que espectacular!!!! Me muero por leer lo q sigueeeeee
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